
La noticia en la era de la reproductibilidad digital
Cuando el formato de compresión MP3 y las posibilidades de intercambio de archivos musicales digitales entre usuarios a través de internet (fenómeno conocido como filesharing) revolucionó de manera definitiva el mercado musical, nosotros -los periodistas y la audiencia-, tomamos partido por los usuarios, por los nuevos tiempos, más allá de la legalidad que rodeaba al asunto: era justo, sosteníamos con convicción y defendíamos con entusiasmo, que la música circule libremente sin las ataduras impuestas por la gran industria, por los grandes sellos discográficos que acumulaban millones, disponían de grandes presupuestos y, peor aún, homogeneizaban el gusto dejando afuera expresiones menores, “otras músicas”, otras voces, condenadas al desconocimiento o a nichos de entendidos. De Napster a Soulseek, el intercambio de archivos musicales y el iPod modificaron el modo de consumo y distribución musical: puso contra las cuerdas a sellos y disquerías.
Bueno, amigos, ahora parece haberle llegado el tiempo al periodismo: ya vivimos, sin dudas, en la era del “newsharing”; es decir, de nuevos mecanismos de producción, circulación y consumo de la información, de las noticias. El nuevo mapa de medios o plataformas informativas está alterando dos de las funciones básicas de los profesionales de los medios: la de quien escribe noticias (cronista, reportero; además de la del columnista, claro) y las de quienes las seleccionan, las jerarquizan, las ponen a disposición de la audiencia (tanto los profesionales editores como los propios medios y empresas editoriales).
Algunos de los aspectos que se alteran en esta etapa pueden comprobarse con facilidad, y no estamos hablando del futuro. Este fenómeno, desde ya, se inserta en las modalidades de “contenidos generados por usuarios” (U.G.C., sus siglas en inglés) y el auge de la web 2.0 protagonizado por plataformas y redes sociales como las archidifundidas YouTube, Myspace, Flickr o Twitter: videos, perfiles personales, fotos o pequeños textos instatáneos son “subidos” por cada usuario, y entran rápidamente a circular, intercambiarse y reproducirse a velocidad de vértigo, a traves de tecnologías sociales, por una red de contactos, a través de esas verdaderas “comunidades online”, como rumores de un vecindario global (global neighbourhood es la definición de Shel Israel, mentor también del concepto de naked consersations). Pero estos intercambios sumados a las tecnologías de blogs y de RSS (real simple syndication), a los agregadores y a los organizadores personales de visualización de información (Netvibes) que con su cualidad de “reproductibilidad digital” y sus raíces en una era de múltiples nichos y audiencias volátiles, están sacudiendo algunos cimientos de lo que conocíamos por periodismo y por los estándares de rentabilidad de los profesionales y las grandes estructuras de medios.
En primer lugar, dentro de este fenómeno de “newsharing”, la creación y el intercambio de informaciones y noticias, se democratiza: sale del monopolio de los “profesionales” de los medios y se disipa, se diluye, fluye, entre múltiples voces. La mirada de un puñado de expertos rentados (nosotros, los periodisas), podría decirse, es complementada y puede ser reemplazada por la de una multitud de “entendidos” amateur… dispuestos a pasar parte de su tiempo libre, ocioso, en generar (periodismo ciudadano, blogs especializados), intercambiar (redes), jerarquizar (editar, organizar) o comentar noticias.
El modo de producir noticias, pues, cambia. Es sabido, desde los blogs y la ejemplar Wikipedia en adelante, que las unidades informativas dejaron de ser una pieza unilateral y textocrática: ahora pueden comentadas, enriquecidas, desmentidas, modificadas por los usuarios y se valen de recursos como audios o videos embebidos. Los “prosumers”, productores / consumidores de esta era “wiki” están dispuestos, incluso gratis, a abandonar el rol pasivo y aportan para perfeccionar el flujo informativo: debaten, corrijen, aportan. Hay algo de deber republicano, fenómeno que se ve tanto en Estados Unidos, como en China y Venezuela, como de hastío posterior al descrédito que, en países de alta conflictividad, tienen las grandes corporaciones de medios. La producción de noticias, entonces, muta y deja de estar en pocas manos: el acceso, la puerta de entrada al publishing es gratuita o casi.
Pero, además, el modo en que estas informaciones son consumidas. El mejor ejemplo es quizas el ranking de Las Mas Leídas al leer un medio online: allí nos detenemos confiando en el criterio de nuestros pares, la comunidad de lectores, más que en la elección arbitraria de los editores profesionales del medio y su jerarquización. El packaging informativo (¿qué son sino los títulos y los epígrafes, y ahora también los tags?) y el control de calidad (las fuentes, la precisió, debates incesante alrededor de los blogs), son todos elementos que hacen a la esfera del consumo y que en mercados desarrollados ganan en sofisticación y complejidad.
Justamente, esta consideración de la información con los atributos de una mercancía es uno de los temas de esta era del “newsharing”: el valor de uso que las audiencias tienen de la información es tendiente a cero, a la percepción de la noticia como un commodity gratuito, mientras los costos de producción -también llamados a descender- encierran la percepción de costo cero. Hay una consecuencia obvia: la estructura tradicional de costos e ingresos se modifica para dejar asuntos profundos y ambiciosos fuera del alcance de lo “noticiable” por demasiado costosas e impone creatividad y audacia a la hora de generar ingresos.
También se afecta al proceso de “edición”, la línea editorial, el filtro, que define a un medio en su vínculo con los lectores. Fenómenos como las plataformas Digg.com o Topix.net funcionan de un modo particular: es la comunidad de usuarios la que administra y organiza las noticias “posteadas” por cada uno de los usuarios que decide “compartir” o “recomendar” al resto. Así, todos los usuarios o la comunidad misma, funcionan como editores. El reciente lanzamiento de keegy.com, un desarrollo argentino, aplica este modelo con una combinación de criterio periodístico y algoritmos: cada uno de los que navega la plataforma deja su “huella”, que se convierte en una matemática de las preferencias, para convertir a esos usuarios en los selectores de la jerarquía de la información. Acaso más util como medio democrático que como medio, “keegy” es una prueba eficaz: evidencia el éxito de las fotos pornosoft, el fútbol, la autoreferencia y las polémicas mediáticas por encima de cualquier otro contenido.
En definitiva, la nueva realidad de la información muestra: democratización y accesibilidad al publihsing (más de 70.000.000 de blogs según technorati); usuarios dispuestos a producir (los blogs de usuarios alojados dentro de grandes medios como El País de España; plataformas que permiten y estimulan el intercambio de esas unidades informativas; percepción de gratuidad. Eso en un esquema donde no importa demasiado el origen de la pieza informativa sino las facilidades que se ofrecen para reproducirla, multiplicarla, intercambiarla.
Publicado originalmente en revista Brando. Abril de 2007.
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